viernes, 5 de septiembre de 2008

TKM :D

Durante mi estadía en India, una de las cosas que más en contacto me ponían con mi tierra y mi realidad eran los correos electrónicos que recibía de la gente de mi país. Y entre los que recibía siempre me llamaron la atención aquellos de una adolescente de Barracas con la que compartí algunos ratos de trabajo pastoral. Se llama Ayelén. Pero lo más interesante de todo era que sus mails, además de poner de manifiesto su cercanía y su cariño, estaban escritos de una manera que a mí personalmente me costaba leer. De hecho –no tengo miedo a confesarlo-, algunas de sus líneas tuve que releerlas varias veces. Quedé más sorprendido aún cuando comprobé que mi querida hermana Clara, de la misma edad que Ayelén, escribe de la misma manera. Es decir que lo adolescentes y jóvenes de hoy se comunican de una manera que por lo menos yo a los casi 31 años -más adulto que joven- no termino de entender. Pero sin lugar a dudas, si Ayelén escribe un mail a Clara, las dos se podrían entender perfectamente.
A veces nos pasa como Iglesia que no sabemos entender lo que los adolescentes y jóvenes de hoy nos quieren decir o nos gritan o inclusive nos reclaman. Nos sucede algo parecido a los mails: no entendemos. Pero mucho más preocupante es que ellos tampoco nos entienden a nosotros. Muchas veces como Iglesia no podemos comunicarnos con los jóvenes. Hablamos un lenguaje que ellos no hablan, decimos cosas que ellos no entienden, celebramos de una manera que ellos no celebran. Tengo bien adentro del corazón esa sensación de que nosotros hablamos un lenguaje más al estilo radio AM y ellos están pegados todo el día a la FM. Tenemos ondas diversas.
Me pasó un día visitando una de las comunidades de la Congregación en Francia, que un Superior Mayor me dijo: "¿Sabés lo que pasa..? Hay religiosos que le tienen miedo a los jóvenes". Fue en el mismo país que un hermano de América Latina –Sixto- preguntó a un sacerdote cómo funcionaba la pastoral vocacional, si es que tenían una. El silencio que precedió una tibia respuesta todavía me hiela el alma.
A veces tenemos miedo a los jóvenes. A veces no sabemos cómo acercarnos, cómo poder hablar su mismo idioma. Y ellos no nos entienden. Le decimos –a veces descaradamente- que la misa es una fiesta de la fe, cuando el clima que predomina en nuestras celebraciones es de un velorio. Inmediatamente viene la excusa: "Lo que sucede es que nosotros privilegiamos el aspecto sacro de la celebración". Creo que ni la más aguda cabeza teológica puede comprender esta afirmación. De nuevo, hablamos un lenguaje que nadie entiende.
No sé cómo será en otros ámbitos de Iglesia, pero dentro de la Vida Religiosa existen dos grandes vocaciones al martirio: los que son formadores/as y los que acompañan la Pastoral Juvenil (que quizás convendría hablar más bien de "Pastoral con Jóvenes").
Algunos artículos más abajo, el P. Mariano nos habla de "tocar llagas de otros mundos", refiriéndose específicamente al mundo de los jóvenes. Y para tocar las llagas es preciso empezar a hablar el mismo idioma. Y para hablar el mismo idioma, hay que empezar por perder el miedo. Una de las parábolas que más me hace pensar en todo esto es la del Buen Samaritano. La encontramos en Lc. 10, 30-35. Todos evidentemente la conocemos y podríamos largamente predicar acerca de las cosas que Jesús nos quiere decir. Incluso hacer eco de las palabras de San Máximo el Confesor, que dice que en realidad el Buen Samaritano es Jesús mismo (¡en realidad Jesús es el sujeto de todas las parábolas!). Pero lo que yo les propongo es que pongamos rostros y nombres a ese hombre malherido. Que le pongamos el rostro de nuestros adolescentes y jóvenes. Porque nuestros adolescentes y nuestros jóvenes también han quedado heridos de muerte. El mundo los ha dejado así. Nosotros así los hemos dejado. Pensemos en todas las situaciones de muerte de nuestros jóvenes. Yo personalmente pienso en los pibes del barrio que se lleva la cerveza en esas noches interminables parando en la esquina, los que mata el paco que se vende a bajo precio o el éxtasis en boliches de clase, las noches de sexo barato y poco seguro, la piba embarazada que no llega a los 14 años, todos los que son víctimas de la violencia, los que viven en la calle porque no pueden vivir en otro lado, todos los que tienen que salir a trabajar cuando en realidad tienen que estar en las aulas. Pienso en todos esos adolescentes y jóvenes que se han vuelto "objetivo de mercado" de las grandes empresas multinacionales, que los ven solamente como material de consumo. Algo así como "seres descartables", que existen en la medida en que consumen aquello que los peces gordos del mercado les propongan. La lista es interminable: ropa, música, chiches electrónicos, gaseosas, cigarrillos, comidas, lugares, boliches, deportes… Se los considera material de consumo, para que una vez consumidos se los descarte. También los partidos políticos buscan sacar su tajada. Enmascaran sus intenciones diciendo que quieren la sangre joven para cambiar el mundo de la política. Si quieren la sangre no será sino para dejarlos desangrados en luchas descarnizadas por intereses mezquinos y particulares. Sí, muchos de nuestros adolescentes y jóvenes han quedado medio muertos como el hombre de nuestra parábola.
Incluso en ámbitos más eclesiales sucede lo mismo. Los pocos jóvenes que se acercan o los que han quedado de edades pasadas, se convierten automáticamente en material de trabajo y mano de obra barata. Los empleamos en todos los ministerios posibles en nuestras parroquias, capillas y colegios. Les pedimos que estén "comprometidos" con la comunidad a la que pertenecen. Esto significa esto que tienen que estar a disposición 25 horas al día, 8 días a la semana. Y ellos aceptan de gusto, y trabajan y se rompen el lomo. Hasta que se cansan y se agotan. Entonces se van. Mientras tanto nosotros los vemos y los criticamos por su falta de compromiso. Quizás vuelvan un día a la parroquia cuando decidan casarse –palabra que cada vez está más en desuso-.
Creo que nosotros, gente de Iglesia, hacemos en nuestra parábola las veces de sacerdotes y levitas. Miramos, damos un rodeo, pero seguimos de largo. No nos animamos a tocar. No nos animamos a curar esas heridas. A veces se nos hace muy difícil. Cada uno tiene sus excusas y a mí no me toca juzgar. Pero lo que más duele y les duele a los jóvenes es que pasemos de largo.
Hoy necesitamos más que nunca de buenos samaritanos para nuestros adolescentes y nuestros jóvenes. Al estilo de Jesús, que se hizo uno de nosotros. Si queremos ser consecuentes con nuestra opción cristiana y coherentes con el seguimiento de Jesús, precisamos hacernos uno de ellos, uno de los jóvenes. Es sin dudas seguir el modelo de la pedagogía de la Encarnación. Ser adolescente con los adolescentes. Ser joven con los jóvenes. Gastar tiempo con ellos sólo para estar, escucharlos, tomarse unos mates, sentirlos. Dejar de ver en ellos gente malvada que es enemiga de la fe o que son todos ateos, o por el contrario mano de obra barata para los curas y laicos que nos quedamos sin catequistas o sin coro en nuestras comunidades. Ellos son más. Ellos tienen más. Ellos nos necesitan más.
Hoy precisamos empezar a hablar un lenguaje que comunique algo. Necesitamos vivir una vida que le diga algo a alguien. Necesitamos ser testigos de esperanza, especialmente para los jóvenes. No es cuestión de edad. Nos es cuestión de ideología. No es mucho menos cuestión de ganas. Es seguir llevando la Encarnación de Jesús hasta las últimas consecuencias. Es abrir espacios para que los jóvenes entren en nuestras vidas y en nuestras comunidades. El miedo es el peor enemigo. No nos podemos dar el privilegio de sentirnos con miedo o con cansancio. El tiempo apremia. Y "las llagas de otros mundos" siguen sangrando.

Hno. Sebastián, scj

sábado, 24 de mayo de 2008

CRISTIANISMO DE ACA

Argentini? Ah, ahora entiendo porque estan así vestidos...” Fueron las palabras que me dirigió un fraile cisterciense al final de la misa de Pentecostés en la abadía de San Anselmo; pegado al famoso Anselmianum, centro de estudios litúrgicos de Roma. No sé si hablaba así de mi vestimenta porque estaba con la camisa afuera del pantalón al estilo indio, o porque no estaba usando religiosamente sotana negra con cuello romano...

Pero la conversación siguió: “Ustdes son argentinos, pero seguramente también son italianos” Cuando le dije fehacientemente que mi abuelo era italiano –y del norte- replicó: “Y claro si en Argentina son todos italianos...”

Otro hecho distinto pero parecido fue cuando meses antes en India tuve que explicarle a la gente que Argentina era un país de América Latina, de Sudamérica y que yo no era europeo. Pero no lo pude lograr. Siempre caíamos en “ustedes los europeos”; “ustedes, los de mentalidad europea”.

Los dos hechos se los dejo para la anécdota. Pero lo que en un primer momento me dio rabia y bronca luego me hizo pensar. Y pensar en clave teologal.

No les voy a hablar de Argentina como el país menos latinoamericano de América Latina, ni de eso que se dice tan corrientemente al pasar: que estamos mirando siempre hacia EE. UU. y Europa. Eso se los dejo a los que se han puesto a sí mismos el nombre de intelectuales. Si queremos hacer teología en serio tenemos que llegar a la gente, al barrio, a los pibes que paran en la esquina; no a los intelectuales...

A lo largo de mi carrera de teología en la Facultad de Devoto, estudié con cantidad de manuales. En su mayoria eran autores europeos, salvo algún libro de Rivas o apuntes viejos del viejo Gera. Es verdad; había algo del Negro Galli también. Pero nos acostumbramos a un modo de pensar más bien europeo. Incluso, saliendo de ámbitos académicos, nuestra religiosidad muchas veces está como teñida de europeo: devociones marianas, revelaciones privadas, prácticas devotas, libritos de espiritualidad, novedades informáticas...

Sin embargo creo que se hace muy necesario poder pensar -y sobre todo vivir- la teología en un ámbito más local y en definitiva más nuestro. En este sentido no podemos confundir de ninguna manera el cristianismo como religión y como manera de vivir, con la tradición y transmición europeizante que se ha hecho de él. Este es un punto fundamen,tal que tenemos que tratar de entender y poder profundizar cada vez más. Es decir, tenemos que sacarle a nuestro cristianismo cotidiano el envase europeo en que lo hemos recibido. Para ser más nosotros. Esto no puede estar motivado de ninguna manera por una actitud de desprecio por toda esta tradiución eclesial que tiene siglos y que incluso es anterior a nuestra historia de cristianismo en Argentina y América Latina. Nuestro esfuerzo tiene que estar puesto más bien en poder pensar y vivir la fe pero con categorías nuestras, propias, de la gente. Estas categorías más del Viejo Continente han funcionado para transmitir, pensar y vivir la fe cristiana durante siglos. Pero es en este mismo sentido que estas categorías funcionan sólo para este viejo continente europeo. Sería interesante poder saber si todavía le dicen algo a nuestra gente. Tenemos que desarmar la estructura de pensamiento más bien europeizante -y en este sentido más bien tomista- para poder inculturar el Evangelio de Jesús en nuestra cultura de todos los días. Para ser originales; no hace falta innovar por innovar; hace falta volver al origen. El evangelio sin glosa ni comentario. Puede entonces ser nuestra tarea de catequistas, pastores y teólogos volver a darle a ciertas expresiones el valor y el vigor que han perdido. Como por ejemplo “Pueblo de Dios”; “Maria, Madre del Pueblo”; “Iglesia de los pobres”; “Jesús de la historia”; “Dios que es Familia”; “bajar de la cruz a nuestros pueblos crucificados”; seguir vivendo la Eucaristía no sólo como misterio-sacrificio, sino más bien como misterio-banquete o misterio-fiesta; y poder hacer y vivir la teologia de María desde la peregrinación anual a Luján o desde el icóno guadalupano.

Existe en cierta manera una tentación: pensar que uno hace teología desde acá sólo por traducir en categorías un poco más latinoamericanas las eternas categorías europeas. Hablando con mi hermano, luego de su intensa experiencia en Tailandia, me decía: “la tentación puede ser en este país -y en general en todo el sudeste asiático-, hacer una teología al estilo “banana”; es decir, teología amarilla por fuera; pero blanca por dentro...” Puede que a nosotros nos pase lo mismo y que esa sea nuestra tentación: pensar que hacemos teología sólo por “traducir” los mejor posible a nuestro lenguaje, categorías que funcionan bien en otro. Se trata de otra cosa y de otro desafío: poder hacer teología propia, de acá, desde nuestra gente y para nuestra gente, en categorías, lenguaje y prédica que la gente pueda entender y que ciertamente distan mucho de ser las categorías clásicas del medioevo cristiano que todavía pretenden hacer funcionar el sistema de creencia del continente europeo. En este sentido es mejor que atendamos a nuestros propios problemas y dejemos que nuestro hermanos europeos se hagan cargo de los suyos. Ellos siguen escribiendo manuales de teología; pero los jóvenes desaparecieron de las parroquias y no saben qué hacer con una realidad como la inmigración. Escuché un sacerdote italiano decir: “los chinos son un problema... bueno, son un problema en el ámbito pastoral...” Quise corregirlo al instante: “ más que problema serán desafío...”

La tarea es grande y apremia. Pero a la vez es fascinante. Es tiempo de seguir caminando por esta huella de querer traer el evengelio y toda la riquísima tradición teológica y espririutal un poco más acá, para hacerla crecana a nuestros varones y mujeres. Hacer a Jesús accesible a nuestra gente con categorías propias de nuestros pueblos y culturas, no sólo para que se entienda mejor, sino para que de una buena vez tomemos conciencia que Jesús es uno de nosotros...

Hno Sebatián. scj

lunes, 12 de mayo de 2008

TOCANDO LLAGAS DE «OTROS MUNDOS»


Existen mundos y submundos, escenarios de un extraño juego en el que en la cotidianeidad de los días, el ser y el no-ser se disputan -a veces burlonamente- el título de propiedad de la «chispa vital» que habita en los jóvenes. Millares de rostros adormecidos, opacados, deambulando por la vida, consumidos por el vacío existencial que aflora y se marchita en su interior y en su exterior. Hijos de una sociedad que los absorbe hasta arrojarlos, cuando no tienen más que dar –o mejor dicho, cuando ya no les puede sacar más- como despojos que vagan por las veredas de esta ciudad (y de cada ciudad) que está muy lejos de ser la “ciudad de Dios” de Agustín, y muy cerca de aquella que evocara a la favela brasilera. Rostros que parecen revividos de algún cuento kafkiano, pequeñas «grietas» por donde, en palabras de Walter Benjamin, «se hace posible y viable que el Mesías pueda irrumpir».
Toda «grieta» se caracteriza por ser la ausencia de algo. Allí donde tendría que haber un “algo”, se halla un vacío. Y es un vacío que, precisamente por no ser natural, reclama la presencia de aquello que falta. En estos submundos, los submundos juveniles, se da el mismo fenómeno. Hay ausencias, vacíos, grietas, que reclaman, que alzan su voz, que gritan presentificando, por la misma ausencia, aquello que debiera estar allí. Este terreno estéril y fecundo presenta a nuestros ojos diversas manifestaciones que, desde los lugares que rompen la lógica racional (como son el arte, la pintura, la música) Cristo se va abriendo paso, como una pequeña semilla que busca quién le de agua y calor para florecer.
El actuar de Jesús de Nazaret recorre estos senderos. “No vine para los sanos, sino para los enfermos...”, se sienta a comer con pecadores y prostitutas... va a la casa de un publicano... alaba la actitud de la viuda pobre y la oración del publicano. Pareciera ser que en estos escenarios donde habita el pecado, donde Dios no está presente, allí mismo descubre el Rostro del Padre manifestándosele, hablándole. Y allí es donde anuncia y proclama la presencia del Reino.
La pregunta que nos surge casi espontáneamente es qué hacemos nosotros, los que decimos “asimilarnos a Cristo”, para imitar los rasgos de su persona y de su actuar.
Lamentablemente somos testigos muchas veces de un contrasentido explícito. Vivimos en carne propia lo de Pablo: “en vez de hacer lo bueno que quiero hacer, hago lo malo que no quiero hacer” (Rm 7,15). Hablamos de imitar a Cristo que “se hizo pecado” para desde el pecado destruir a la muerte, que asumió el ser clavado en la Cruz para transformarla en árbol de vida, pero en nuestras prácticas optamos –quizás incluso sin intención, pero es una opción al fin- por dejar a estas pequeñas vidas que se destruyan –autodestruyan- en sus propias vidas sin sentido, sin siquiera conmocionarnos –en el más bajo de los sentidos que se pueda dar a esta palabra- al ver tal destrucción.
Cómo hacer para que nuestras opciones y acciones sean más evangélicas, más cercanas a la de Aquel que siendo Dios se hizo hombre por nosotros. Cómo conjugar esta exigencia con aquellas grietas con las que nos encontramos.
Creemos que es posible encontrar algunos vestigios que nos permitan vislumbrar caminos por andar. En la vida de los jóvenes nos topamos con una extraña paradoja, donde estas víctimas del “amor fácil”, de la “solución inmediata sin esfuerzos”, del “no tener nada ni nadie por quien jugarse la vida”, son a su vez terreno fecundo donde el Crucificado/Resucitado muestra su Rostro, sus manos, su costado, para dar vida. Es ahí donde se abre la posibilidad de que estas vidas sean releídas como lugares teológicos, lugares de la presencia viva y actuante de Dios, lugares donde Dios Reina.
A partir de estas «grietas» se va asomando el rostro del Traspasado, que implota a la muerte, desde su mismo seno, generando la esperanza de que la vida comience a reinar.
Estar atentos a esta irrupción de la Vida y hacerla manifiesta es nuestra tarea como teólogos, pastores, compañeros de camino. No es un camino fácil de recorrer, y a cada paso nuevas ventanas se van abriendo. Pero nos animamos a transitarlo, de la mano de tantos que han hecho parte de este recorrido junto a nosotros, y que se han anticipado a nuestros pasos, para irnos abriendo nuevos senderos donde pisar. Caminamos en las huellas de quienes nos han precedido, sabiendo que es el Espíritu del Resucitado quien congrega nuestras vidas en un mismo partido por jugar.
Tenemos la misión y el desafío de ser testigos de la Misericordia, trasformándonos nosotros mismos en canales de Misericordia, para que, al igual que los árboles, podamos ser sombra fresca para quien sufre calor, dar frutos sabrosos para el hambriento, ser reparo para quien no tiene techo, y lugar de apoyo y reposo para quien va de camino y está agobiado. Y todo esto sin dejar de ser profundamente creativos y profundamente fieles, por ello, como dijera nuestro Padre y Pastor Angelleli, nunca debemos cansarnos de tener «un oído en el pueblo y el otro en el Evangelio».

Mariano, msscc

lunes, 5 de mayo de 2008

¿HERMANOS SEPARADOS?

El Decreto conciliar «Unitatis Redintegratio» (UR) trata sobre el ecumenismo. El punto 3 se refiere específicamente a la relación de los hermanos separados con la Iglesia Católica. Tiene una afirmación contundente: “En esta Iglesia una y santa, ya desde los inicios existen ciertas rasgaduras” (UR 3a) La frase tiene su peso propio. ¿Qué se quiere decir? Estas “escisiones” o “rasgaduras” vienen ya dándose desde los inicios de la misma Iglesia. Esto se ve claramente en las citas que elenca el Concilio: 1 Cor 11, 18-19; Gal 1, 6-9; 1 Jn 2, 18-19. Esta misma situación se evidencia también en las diferentes corrientes que están presentes ya en el NT: no es exactamente lo mismo el cristianismo de Pedro y Santiago “el hermano del Señor” que el de Pablo y de la comunidad del discípulo amado; la predicación según Lucas que la de Mateo; la recepción veterotestamentaria de Hebreos que la del Apocalipsis. Y más aún, cada vez fueron acrecentándose más estas divisiones en el desarrollo histórico de la Iglesia a lo largo de los siglos. Cada concilio que definió algo, “dejó afuera” algunos cristianos. Nicea, Éfeso, Calcedonia, los cismas entre oriente y occidente y el cisma de occidente, reforma y contrarreforma –incluido Trento-, son más evidencias de esta situación de desgarro. Percibimos que la unidad de la Iglesia sufre algunos percances, es decir, está profundamente herida.

Ahora bien, resulta significativo que el Concilio exprese que estas rasgaduras existieron desde el seno mismo del cristianismo, pero que sin embargo, esta división provoca escándalo al mundo y a la misma Iglesia. Entonces… ¿qué decir? Surgen algunas preguntas que nos permitimos hacer. Si estas escisiones fueron así desde el principio, ¿por qué ahora debiera ser distinto?; si la nota de unidad de la Iglesia no es que todos estén bajo el gobierno, la enseñanza y la santificación del papa sino de Cristo ¿no es al fin y al cabo un problema de cristiana convivencia? ¿no es al fin y al cabo un tema no resuelto de unidad en la diversidad? Si la división causa escándalo, ¿no es acaso que no tenemos que estar separados o divididos, pero sí poder ser distintos en el seguimiento del Señor?; ¿unidad quiere decir que tenemos que ser todos iguales o significa que siendo distintos podemos estar en comunión y permanecer unidos?

Que la acción salvadora de Dios va más allá de los límites visibles de la Iglesia es afirmado por el Concilio y aquí se hace eco: “Además de los elementos o bienes, que edifican y vivifican conjuntamente a la misma Iglesia, pueden existir algunos, más aún, muchísimos, y muy valiosos fuera del recinto visible de la Iglesia católica.” (UR 3b) Sin embargo el lenguaje guarda ciertas reticencias sobre la unidad que antes mencionábamos: “…Por ello, las mismas Iglesias y Comunidades separadas…”; “…sin embargo, los hermanos separados de nosotros…” (UR 3 c.d) Los separados son ellos. Son hermanos, ya no más ni herejes ni cismáticos. Pero ellos se han separado de nosotros. Y seguimos con ciertas preguntas: ¿quiénes son en realidad “los hermanos separados”? ¿los que se alejaron paulatinamente de la Iglesia de Roma a lo largo de los siglos? ¿o somos todos “hermanos separados”? Una tentación latente que se ve en ciertos ámbitos católicos-romanos es la de pensar que sólo los que pertenecemos visiblemente a esta Iglesia romana somos el resto fiel que quedó, como los anawin de YHWH, permaneciendo en la alianza, mientras los demás que se han apartado de nosotros, son los infieles. ¿No será acaso que nos hemos apartado todos del Señor y por eso nos apartamos entre nosotros? En este sentido un punto de partida sincero para la práctica del diálogo ecuménico será definitivamente dejar de buscar culpables por las diferentes escisiones que se han sucedido, pues todos tenemos nuestra parte de responsabilidad en estas rasgaduras. Y además ya es un hecho: estamos divididos. El camino no será pensar en quién tiene la culpa, sino en poder entendernos y caminar como única Iglesia de Jesucristo, de cara a la novedad siempre nueva del Reino, hacia la Jerusalén celestial, transformando desde dentro la historia que nos toca vivir y asumir. La propuesta del ecumenismo nos sale al encuentro. Queda ahora la misión de poder emprender la tarea. Ojalá venzamos el miedo que paraliza y confiemos en la apertura a lo otro-distinto-de-nosotros. Mientras llevamos adelante nuestra tarea de discernimiento, queremos celebrar nuestra vida y nuestra fe. Por eso nos animamos a entonar con el salmista:

“¡Oh, qué bueno, qué dulce

habitar los hermanos todos juntos!

Como un ungüento fino en la cabeza,

que baja por la barba,

que baja por la barba de Aarón,

hasta la orla de sus vestiduras.

Como el roció del Hermón que baja

por las alturas de Sión;

allí Yahvéh la bendición dispensa,

la vida por siempre.”

(Sal. 133)


Hno Sebastián. scj