lunes, 12 de mayo de 2008

TOCANDO LLAGAS DE «OTROS MUNDOS»


Existen mundos y submundos, escenarios de un extraño juego en el que en la cotidianeidad de los días, el ser y el no-ser se disputan -a veces burlonamente- el título de propiedad de la «chispa vital» que habita en los jóvenes. Millares de rostros adormecidos, opacados, deambulando por la vida, consumidos por el vacío existencial que aflora y se marchita en su interior y en su exterior. Hijos de una sociedad que los absorbe hasta arrojarlos, cuando no tienen más que dar –o mejor dicho, cuando ya no les puede sacar más- como despojos que vagan por las veredas de esta ciudad (y de cada ciudad) que está muy lejos de ser la “ciudad de Dios” de Agustín, y muy cerca de aquella que evocara a la favela brasilera. Rostros que parecen revividos de algún cuento kafkiano, pequeñas «grietas» por donde, en palabras de Walter Benjamin, «se hace posible y viable que el Mesías pueda irrumpir».
Toda «grieta» se caracteriza por ser la ausencia de algo. Allí donde tendría que haber un “algo”, se halla un vacío. Y es un vacío que, precisamente por no ser natural, reclama la presencia de aquello que falta. En estos submundos, los submundos juveniles, se da el mismo fenómeno. Hay ausencias, vacíos, grietas, que reclaman, que alzan su voz, que gritan presentificando, por la misma ausencia, aquello que debiera estar allí. Este terreno estéril y fecundo presenta a nuestros ojos diversas manifestaciones que, desde los lugares que rompen la lógica racional (como son el arte, la pintura, la música) Cristo se va abriendo paso, como una pequeña semilla que busca quién le de agua y calor para florecer.
El actuar de Jesús de Nazaret recorre estos senderos. “No vine para los sanos, sino para los enfermos...”, se sienta a comer con pecadores y prostitutas... va a la casa de un publicano... alaba la actitud de la viuda pobre y la oración del publicano. Pareciera ser que en estos escenarios donde habita el pecado, donde Dios no está presente, allí mismo descubre el Rostro del Padre manifestándosele, hablándole. Y allí es donde anuncia y proclama la presencia del Reino.
La pregunta que nos surge casi espontáneamente es qué hacemos nosotros, los que decimos “asimilarnos a Cristo”, para imitar los rasgos de su persona y de su actuar.
Lamentablemente somos testigos muchas veces de un contrasentido explícito. Vivimos en carne propia lo de Pablo: “en vez de hacer lo bueno que quiero hacer, hago lo malo que no quiero hacer” (Rm 7,15). Hablamos de imitar a Cristo que “se hizo pecado” para desde el pecado destruir a la muerte, que asumió el ser clavado en la Cruz para transformarla en árbol de vida, pero en nuestras prácticas optamos –quizás incluso sin intención, pero es una opción al fin- por dejar a estas pequeñas vidas que se destruyan –autodestruyan- en sus propias vidas sin sentido, sin siquiera conmocionarnos –en el más bajo de los sentidos que se pueda dar a esta palabra- al ver tal destrucción.
Cómo hacer para que nuestras opciones y acciones sean más evangélicas, más cercanas a la de Aquel que siendo Dios se hizo hombre por nosotros. Cómo conjugar esta exigencia con aquellas grietas con las que nos encontramos.
Creemos que es posible encontrar algunos vestigios que nos permitan vislumbrar caminos por andar. En la vida de los jóvenes nos topamos con una extraña paradoja, donde estas víctimas del “amor fácil”, de la “solución inmediata sin esfuerzos”, del “no tener nada ni nadie por quien jugarse la vida”, son a su vez terreno fecundo donde el Crucificado/Resucitado muestra su Rostro, sus manos, su costado, para dar vida. Es ahí donde se abre la posibilidad de que estas vidas sean releídas como lugares teológicos, lugares de la presencia viva y actuante de Dios, lugares donde Dios Reina.
A partir de estas «grietas» se va asomando el rostro del Traspasado, que implota a la muerte, desde su mismo seno, generando la esperanza de que la vida comience a reinar.
Estar atentos a esta irrupción de la Vida y hacerla manifiesta es nuestra tarea como teólogos, pastores, compañeros de camino. No es un camino fácil de recorrer, y a cada paso nuevas ventanas se van abriendo. Pero nos animamos a transitarlo, de la mano de tantos que han hecho parte de este recorrido junto a nosotros, y que se han anticipado a nuestros pasos, para irnos abriendo nuevos senderos donde pisar. Caminamos en las huellas de quienes nos han precedido, sabiendo que es el Espíritu del Resucitado quien congrega nuestras vidas en un mismo partido por jugar.
Tenemos la misión y el desafío de ser testigos de la Misericordia, trasformándonos nosotros mismos en canales de Misericordia, para que, al igual que los árboles, podamos ser sombra fresca para quien sufre calor, dar frutos sabrosos para el hambriento, ser reparo para quien no tiene techo, y lugar de apoyo y reposo para quien va de camino y está agobiado. Y todo esto sin dejar de ser profundamente creativos y profundamente fieles, por ello, como dijera nuestro Padre y Pastor Angelleli, nunca debemos cansarnos de tener «un oído en el pueblo y el otro en el Evangelio».

Mariano, msscc

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