Durante mi estadía en India, una de las cosas que más en contacto me ponían con mi tierra y mi realidad eran los correos electrónicos que recibía de la gente de mi país. Y entre los que recibía siempre me llamaron la atención aquellos de una adolescente de Barracas con la que compartí algunos ratos de trabajo pastoral. Se llama Ayelén. Pero lo más interesante de todo era que sus mails, además de poner de manifiesto su cercanía y su cariño, estaban escritos de una manera que a mí personalmente me costaba leer. De hecho –no tengo miedo a confesarlo-, algunas de sus líneas tuve que releerlas varias veces. Quedé más sorprendido aún cuando comprobé que mi querida hermana Clara, de la misma edad que Ayelén, escribe de la misma manera. Es decir que lo adolescentes y jóvenes de hoy se comunican de una manera que por lo menos yo a los casi 31 años -más adulto que joven- no termino de entender. Pero sin lugar a dudas, si Ayelén escribe un mail a Clara, las dos se podrían entender perfectamente.
A veces nos pasa como Iglesia que no sabemos entender lo que los adolescentes y jóvenes de hoy nos quieren decir o nos gritan o inclusive nos reclaman. Nos sucede algo parecido a los mails: no entendemos. Pero mucho más preocupante es que ellos tampoco nos entienden a nosotros. Muchas veces como Iglesia no podemos comunicarnos con los jóvenes. Hablamos un lenguaje que ellos no hablan, decimos cosas que ellos no entienden, celebramos de una manera que ellos no celebran. Tengo bien adentro del corazón esa sensación de que nosotros hablamos un lenguaje más al estilo radio AM y ellos están pegados todo el día ala FM. Tenemos ondas diversas.
Me pasó un día visitando una de las comunidades dela Congregación en Francia, que un Superior Mayor me dijo: "¿Sabés lo que pasa..? Hay religiosos que le tienen miedo a los jóvenes". Fue en el mismo país que un hermano de América Latina –Sixto- preguntó a un sacerdote cómo funcionaba la pastoral vocacional, si es que tenían una. El silencio que precedió una tibia respuesta todavía me hiela el alma. 
A veces tenemos miedo a los jóvenes. A veces no sabemos cómo acercarnos, cómo poder hablar su mismo idioma. Y ellos no nos entienden. Le decimos –a veces descaradamente- que la misa es una fiesta de la fe, cuando el clima que predomina en nuestras celebraciones es de un velorio. Inmediatamente viene la excusa: "Lo que sucede es que nosotros privilegiamos el aspecto sacro de la celebración". Creo que ni la más aguda cabeza teológica puede comprender esta afirmación. De nuevo, hablamos un lenguaje que nadie entiende.
No sé cómo será en otros ámbitos de Iglesia, pero dentro dela Vida Religiosa existen dos grandes vocaciones al martirio: los que son formadores/as y los que acompañan la Pastoral Juvenil (que quizás convendría hablar más bien de "Pastoral con Jóvenes").
Algunos artículos más abajo, el P. Mariano nos habla de "tocar llagas de otros mundos", refiriéndose específicamente al mundo de los jóvenes. Y para tocar las llagas es preciso empezar a hablar el mismo idioma. Y para hablar el mismo idioma, hay que empezar por perder el miedo. Una de las parábolas que más me hace pensar en todo esto es la del Buen Samaritano. La encontramos en Lc. 10, 30-35. Todos evidentemente la conocemos y podríamos largamente predicar acerca de las cosas que Jesús nos quiere decir. Incluso hacer eco de las palabras de San Máximo el Confesor, que dice que en realidad el Buen Samaritano es Jesús mismo (¡en realidad Jesús es el sujeto de todas las parábolas!). Pero lo que yo les propongo es que pongamos rostros y nombres a ese hombre malherido. Que le pongamos el rostro de nuestros adolescentes y jóvenes. Porque nuestros adolescentes y nuestros jóvenes también han quedado heridos de muerte. El mundo los ha dejado así. Nosotros así los hemos dejado. Pensemos en todas las situaciones de muerte de nuestros jóvenes. Yo personalmente pienso en los pibes del barrio que se lleva la cerveza en esas noches interminables parando en la esquina, los que mata el paco que se vende a bajo precio o el éxtasis en boliches de clase, las noches de sexo barato y poco seguro, la piba embarazada que no llega a los 14 años, todos los que son víctimas de la violencia, los que viven en la calle porque no pueden vivir en otro lado, todos los que tienen que salir a trabajar cuando en realidad tienen que estar en las aulas. Pienso en todos esos adolescentes y jóvenes que se han vuelto "objetivo de mercado" de las grandes empresas multinacionales, que los ven solamente como material de consumo. Algo así como "seres descartables", que existen en la medida en que consumen aquello que los peces gordos del mercado les propongan. La lista es interminable: ropa, música, chiches electrónicos, gaseosas, cigarrillos, comidas, lugares, boliches, deportes… Se los considera material de consumo, para que una vez consumidos se los descarte. También los partidos políticos buscan sacar su tajada. Enmascaran sus intenciones diciendo que quieren la sangre joven para cambiar el mundo de la política. Si quieren la sangre no será sino para dejarlos desangrados en luchas descarnizadas por intereses mezquinos y particulares. Sí, muchos de nuestros adolescentes y jóvenes han quedado medio muertos como el hombre de nuestra parábola.
Incluso en ámbitos más eclesiales sucede lo mismo. Los pocos jóvenes que se acercan o los que han quedado de edades pasadas, se convierten automáticamente en material de trabajo y mano de obra barata. Los empleamos en todos los ministerios posibles en nuestras parroquias, capillas y colegios. Les pedimos que estén "comprometidos" con la comunidad a la que pertenecen. Esto significa esto que tienen que estar a disposición 25 horas al día, 8 días a la semana. Y ellos aceptan de gusto, y trabajan y se rompen el lomo. Hasta que se cansan y se agotan. Entonces se van. Mientras tanto nosotros los vemos y los criticamos por su falta de compromiso. Quizás vuelvan un día a la parroquia cuando decidan casarse –palabra que cada vez está más en desuso-.
Creo que nosotros, gente de Iglesia, hacemos en nuestra parábola las veces de sacerdotes y levitas. Miramos, damos un rodeo, pero seguimos de largo. No nos animamos a tocar. No nos animamos a curar esas heridas. A veces se nos hace muy difícil. Cada uno tiene sus excusas y a mí no me toca juzgar. Pero lo que más duele y les duele a los jóvenes es que pasemos de largo.
Hoy necesitamos más que nunca de buenos samaritanos para nuestros adolescentes y nuestros jóvenes. Al estilo de Jesús, que se hizo uno de nosotros. Si queremos ser consecuentes con nuestra opción cristiana y coherentes con el seguimiento de Jesús, precisamos hacernos uno de ellos, uno de los jóvenes. Es sin dudas seguir el modelo de la pedagogía dela Encarnación. Ser adolescente con los adolescentes. Ser joven con los jóvenes. Gastar tiempo con ellos sólo para estar, escucharlos, tomarse unos mates, sentirlos. Dejar de ver en ellos gente malvada que es enemiga de la fe o que son todos ateos, o por el contrario mano de obra barata para los curas y laicos que nos quedamos sin catequistas o sin coro en nuestras comunidades. Ellos son más. Ellos tienen más. Ellos nos necesitan más.
Hoy precisamos empezar a hablar un lenguaje que comunique algo. Necesitamos vivir una vida que le diga algo a alguien. Necesitamos ser testigos de esperanza, especialmente para los jóvenes. No es cuestión de edad. Nos es cuestión de ideología. No es mucho menos cuestión de ganas. Es seguir llevandola Encarnación de Jesús hasta las últimas consecuencias. Es abrir espacios para que los jóvenes entren en nuestras vidas y en nuestras comunidades. El miedo es el peor enemigo. No nos podemos dar el privilegio de sentirnos con miedo o con cansancio. El tiempo apremia. Y "las llagas de otros mundos" siguen sangrando.
A veces nos pasa como Iglesia que no sabemos entender lo que los adolescentes y jóvenes de hoy nos quieren decir o nos gritan o inclusive nos reclaman. Nos sucede algo parecido a los mails: no entendemos. Pero mucho más preocupante es que ellos tampoco nos entienden a nosotros. Muchas veces como Iglesia no podemos comunicarnos con los jóvenes. Hablamos un lenguaje que ellos no hablan, decimos cosas que ellos no entienden, celebramos de una manera que ellos no celebran. Tengo bien adentro del corazón esa sensación de que nosotros hablamos un lenguaje más al estilo radio AM y ellos están pegados todo el día a
Me pasó un día visitando una de las comunidades de

A veces tenemos miedo a los jóvenes. A veces no sabemos cómo acercarnos, cómo poder hablar su mismo idioma. Y ellos no nos entienden. Le decimos –a veces descaradamente- que la misa es una fiesta de la fe, cuando el clima que predomina en nuestras celebraciones es de un velorio. Inmediatamente viene la excusa: "Lo que sucede es que nosotros privilegiamos el aspecto sacro de la celebración". Creo que ni la más aguda cabeza teológica puede comprender esta afirmación. De nuevo, hablamos un lenguaje que nadie entiende.
No sé cómo será en otros ámbitos de Iglesia, pero dentro de
Algunos artículos más abajo, el P. Mariano nos habla de "tocar llagas de otros mundos", refiriéndose específicamente al mundo de los jóvenes. Y para tocar las llagas es preciso empezar a hablar el mismo idioma. Y para hablar el mismo idioma, hay que empezar por perder el miedo. Una de las parábolas que más me hace pensar en todo esto es la del Buen Samaritano. La encontramos en Lc. 10, 30-35. Todos evidentemente la conocemos y podríamos largamente predicar acerca de las cosas que Jesús nos quiere decir. Incluso hacer eco de las palabras de San Máximo el Confesor, que dice que en realidad el Buen Samaritano es Jesús mismo (¡en realidad Jesús es el sujeto de todas las parábolas!). Pero lo que yo les propongo es que pongamos rostros y nombres a ese hombre malherido. Que le pongamos el rostro de nuestros adolescentes y jóvenes. Porque nuestros adolescentes y nuestros jóvenes también han quedado heridos de muerte. El mundo los ha dejado así. Nosotros así los hemos dejado. Pensemos en todas las situaciones de muerte de nuestros jóvenes. Yo personalmente pienso en los pibes del barrio que se lleva la cerveza en esas noches interminables parando en la esquina, los que mata el paco que se vende a bajo precio o el éxtasis en boliches de clase, las noches de sexo barato y poco seguro, la piba embarazada que no llega a los 14 años, todos los que son víctimas de la violencia, los que viven en la calle porque no pueden vivir en otro lado, todos los que tienen que salir a trabajar cuando en realidad tienen que estar en las aulas. Pienso en todos esos adolescentes y jóvenes que se han vuelto "objetivo de mercado" de las grandes empresas multinacionales, que los ven solamente como material de consumo. Algo así como "seres descartables", que existen en la medida en que consumen aquello que los peces gordos del mercado les propongan. La lista es interminable: ropa, música, chiches electrónicos, gaseosas, cigarrillos, comidas, lugares, boliches, deportes… Se los considera material de consumo, para que una vez consumidos se los descarte. También los partidos políticos buscan sacar su tajada. Enmascaran sus intenciones diciendo que quieren la sangre joven para cambiar el mundo de la política. Si quieren la sangre no será sino para dejarlos desangrados en luchas descarnizadas por intereses mezquinos y particulares. Sí, muchos de nuestros adolescentes y jóvenes han quedado medio muertos como el hombre de nuestra parábola.
Incluso en ámbitos más eclesiales sucede lo mismo. Los pocos jóvenes que se acercan o los que han quedado de edades pasadas, se convierten automáticamente en material de trabajo y mano de obra barata. Los empleamos en todos los ministerios posibles en nuestras parroquias, capillas y colegios. Les pedimos que estén "comprometidos" con la comunidad a la que pertenecen. Esto significa esto que tienen que estar a disposición 25 horas al día, 8 días a la semana. Y ellos aceptan de gusto, y trabajan y se rompen el lomo. Hasta que se cansan y se agotan. Entonces se van. Mientras tanto nosotros los vemos y los criticamos por su falta de compromiso. Quizás vuelvan un día a la parroquia cuando decidan casarse –palabra que cada vez está más en desuso-.
Creo que nosotros, gente de Iglesia, hacemos en nuestra parábola las veces de sacerdotes y levitas. Miramos, damos un rodeo, pero seguimos de largo. No nos animamos a tocar. No nos animamos a curar esas heridas. A veces se nos hace muy difícil. Cada uno tiene sus excusas y a mí no me toca juzgar. Pero lo que más duele y les duele a los jóvenes es que pasemos de largo.
Hoy necesitamos más que nunca de buenos samaritanos para nuestros adolescentes y nuestros jóvenes. Al estilo de Jesús, que se hizo uno de nosotros. Si queremos ser consecuentes con nuestra opción cristiana y coherentes con el seguimiento de Jesús, precisamos hacernos uno de ellos, uno de los jóvenes. Es sin dudas seguir el modelo de la pedagogía de
Hoy precisamos empezar a hablar un lenguaje que comunique algo. Necesitamos vivir una vida que le diga algo a alguien. Necesitamos ser testigos de esperanza, especialmente para los jóvenes. No es cuestión de edad. Nos es cuestión de ideología. No es mucho menos cuestión de ganas. Es seguir llevando
Hno. Sebastián, scj

2 comentarios:
Querido Seba: absolutamente de acuerdo con todo lo que decís. Es una preocupación permanente para mí. Y siento como vos que la Iglesia ( todos los que la formamos) se tiene que acercar, sobre todo a aquellos que están alejados, tiene que tomar contacto con la realidad y en esa realidad ser TESTIGO, ser IMAGEN DE CRISTO porque si no estamos faltando a nuestra misión.Meditemos si lo estamos cumpliendo o no. Un abrazo Rita
Bueno Sebastián...gracias por compartir los artículos...los leí y te comparto mi impresión:
* TKM :D: me causó gracia el título, porque yo tengo 26 años...y lo tuve que leer varias veces para entender lo que quería decir; hace tres años que trabajo con adolescentes y vivo en el aula mucho de lo que decís. El primer año que di clases me tocó un tercero de polimodal, 35 señoritas de 17 años, de un colegio privado confesional, excelentes académicamente pero...lloraba en la capilla del colegio cuando salía del aula...no había modo de llegar a algunas de ellas, se mostraban agresivas conmigo, inconmovibles, duras, herméticas. Casi pensando en dejar las horas, tuve una reunión con la directora, una mujer brillante, que me dijo muchas cosas, pero sólo recuerdo una: "Les tenés miedo y se te nota. El miedo te pone a la defensiva... y eso les da miedo a ellas...sólo tratan de defenderse", en definitiva me mostró como las alumnas y yo eramos presas de un círculo vicioso de miedo y agresividad. Entonces un día no di clases...y me dediqué sólo a escuchar lo que tenían para decirme: tal como lo dijo mi directora...las chicas me tenían miedo. ¡Miedo de mí! pensé...sí soy yo la que estoy aterrada de ellas. Además me hicieron algunos reclamos que entonces me parecían insólitos, como que yo nunca hablaba de mi, que no les había contado nada acerca de mi familia, de mis amigos, de mis intereses, etc.
Recién ahí comencé a comprender la importancia de ser docente, de la delicadeza y de la dignidad de mi tarea. Entendí que los adultos en general le temen a los jóvenes, entonces los agreden, los minimizan, los desprecian, como sí ignorarlos o abatirlos dejara de mostrar que uno estuvo ahí tratando como ellos de encontrarle el sentido a la vida. Y los chicos tienen miedo de los adultos...no quieren convertirse en eso que ven...porque tengo la certeza de que desde el mas díscolo hasta el mas apático, pasando por los otros 33 que están en el medio, todos quieren un futuro feliz. El problema es que cuando los adultos viven sin haber descubierto un sentido profundo, el adolescente se convierte en el reproche de la conciencia, de lo que se pudo haber sido y no se pudo ser. Y entendí también que el vínculo con los chicos no se construye con piezas como cara de perro, tono de voz alto, mirada esquiva, presiones extremas, decisiones arbitrarias. Comprendí que el vínculo sano y virtuoso se desarrolla desde lo que uno es, desde la identidad más profunda, desde la propia vocación, desde la alegría de saberse uno un adulto feliz, porque al menos intenta vivir en la verdad, en lo bueno, en lo que agrada a Dios y por lo tanto nos plenifica como hombres. Dejé de ahorrarme palabras, dejé de esquivar preguntas personales, dejé de desviarles la mirada cuando me provocan, dejé de ocultarles el dolor y la frustración cuando me agreden...y no digo que es la solución a los problemas vinculares con los jóvenes(te confieso todavía a veces lloro de bronca volviendo a casa en el colectivo cuando todo sale mal), digo solamente que están atravesados por las mismas angustias y por los mismos sueños que todos, y que sí uno logra ser un poco mas transparente, mostrarse interesado por sus vidas, volverse mas vulnerable, pese a la diferencias generacionales, de códigos, de lenguaje, religiosas o sociales , se le abre una puerta a la empatía y la relación de a poquito comienza a sanarse.
En fin, humildemente mi experiencia. Te mando un abrazo, te encomiendo, al igual que a todos los hermanos del escolasticado (así se dice?)... Hasta pronto...
...En Jesús y en la Iglesia, María Eugenia
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