El Decreto conciliar «Unitatis Redintegratio» (UR) trata sobre el ecumenismo. El punto 3 se refiere específicamente a la relación de los hermanos separados con la Iglesia Católica. Tiene una afirmación contundente: “En esta Iglesia una y santa, ya desde los inicios existen ciertas rasgaduras” (UR 3a) La frase tiene su peso propio. ¿Qué se quiere decir? Estas “escisiones” o “rasgaduras” vienen ya dándose desde los inicios de la misma Iglesia. Esto se ve claramente en las citas que elenca el Concilio: 1 Cor 11, 18-19; Gal 1, 6-9; 1 Jn 2, 18-19. Esta misma situación se evidencia también en las diferentes corrientes que están presentes ya en el NT: no es exactamente lo mismo el cristianismo de Pedro y Santiago “el hermano del Señor” que el de Pablo y de la comunidad del discípulo amado; la predicación según Lucas que la de Mateo; la recepción veterotestamentaria de Hebreos que la del Apocalipsis. Y más aún, cada vez fueron acrecentándose más estas divisiones en el desarrollo histórico de la Iglesia a lo largo de los siglos. Cada concilio que definió algo, “dejó afuera” algunos cristianos. Nicea, Éfeso, Calcedonia, los cismas entre oriente y occidente y el cisma de occidente, reforma y contrarreforma –incluido Trento-, son más evidencias de esta situación de desgarro. Percibimos que la unidad de la Iglesia sufre algunos percances, es decir, está profundamente herida.
Ahora bien, resulta significativo que el Concilio exprese que estas rasgaduras existieron desde el seno mismo del cristianismo, pero que sin embargo, esta división provoca escándalo al mundo y a la misma Iglesia. Entonces… ¿qué decir? Surgen algunas preguntas que nos permitimos hacer. Si estas escisiones fueron así desde el principio, ¿por qué ahora debiera ser distinto?; si la nota de unidad de la Iglesia no es que todos estén bajo el gobierno, la enseñanza y la santificación del papa sino de Cristo ¿no es al fin y al cabo un problema de cristiana convivencia? ¿no es al fin y al cabo un tema no resuelto de unidad en la diversidad? Si la división causa escándalo, ¿no es acaso que no tenemos que estar separados o divididos, pero sí poder ser distintos en el seguimiento del Señor?; ¿unidad quiere decir que tenemos que ser todos iguales o significa que siendo distintos podemos estar en comunión y permanecer unidos?
Que la acción salvadora de Dios va más allá de los límites visibles de la Iglesia es afirmado por el Concilio y aquí se hace eco: “Además de los elementos o bienes, que edifican y vivifican conjuntamente a la misma Iglesia, pueden existir algunos, más aún, muchísimos, y muy valiosos fuera del recinto visible de la Iglesia católica.” (UR 3b) Sin embargo el lenguaje guarda ciertas reticencias sobre la unidad que antes mencionábamos: “…Por ello, las mismas Iglesias y Comunidades separadas…”; “…sin embargo, los hermanos separados de nosotros…” (UR 3 c.d) Los separados son ellos. Son hermanos, ya no más ni herejes ni cismáticos. Pero ellos se han separado de nosotros. Y seguimos con ciertas preguntas: ¿quiénes son en realidad “los hermanos separados”? ¿los que se alejaron paulatinamente de la Iglesia de Roma a lo largo de los siglos? ¿o somos todos “hermanos separados”? Una tentación latente que se ve en ciertos ámbitos católicos-romanos es la de pensar que sólo los que pertenecemos visiblemente a esta Iglesia romana somos el resto fiel que quedó, como los anawin de YHWH, permaneciendo en la alianza, mientras los demás que se han apartado de nosotros, son los infieles. ¿No será acaso que nos hemos apartado todos del Señor y por eso nos apartamos entre nosotros? En este sentido un punto de partida sincero para la práctica del diálogo ecuménico será definitivamente dejar de buscar culpables por las diferentes escisiones que se han sucedido, pues todos tenemos nuestra parte de responsabilidad en estas rasgaduras. Y además ya es un hecho: estamos divididos. El camino no será pensar en quién tiene la culpa, sino en poder entendernos y caminar como única Iglesia de Jesucristo, de cara a la novedad siempre nueva del Reino, hacia la Jerusalén celestial, transformando desde dentro la historia que nos toca vivir y asumir. La propuesta del ecumenismo nos sale al encuentro. Queda ahora la misión de poder emprender la tarea. Ojalá venzamos el miedo que paraliza y confiemos en la apertura a lo otro-distinto-de-nosotros. Mientras llevamos adelante nuestra tarea de discernimiento, queremos celebrar nuestra vida y nuestra fe. Por eso nos animamos a entonar con el salmista:
“¡Oh, qué bueno, qué dulce
habitar los hermanos todos juntos!
Como un ungüento fino en la cabeza,
que baja por la barba,
que baja por la barba de Aarón,
hasta la orla de sus vestiduras.
Como el roció del Hermón que baja
por las alturas de Sión;
allí Yahvéh la bendición dispensa,
la vida por siempre.”
(Sal. 133)
Hno Sebastián. scj


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